Cada fotografía cuenta una historia, cada una de ellas, es como un libro abierto que narra cada uno de los hechos que ocurrían en ese preciso instante justo delante del objetivo que lo congeló.
Miles de fotografías a lo largo de la historia, de nuestra historia personal y de la historia en general, han ido explicándonos sin mucha más descripción escrita que el, no siempre necesario, título de la obra ese preciso momento en el que sucedía.
Y es que es así como impacta mucho más en nosotros cualquier momento crucial de nuestra vida y de nuestro entorno.
Te podrán explicar páginas y páginas de texto escrito sobre lo cruel que fue la Segunda Guerra Mundial, como todas las guerras, el increíble (literalmente, según algunas teorías) primer paso del hombre en la luna, y hasta la clonación de la ovejita Dolly, pero como en cualquier recuerdo no vivido por uno mismo, la información entra, se queda merodeando por nuestra cabeza un tiempo determinado y se va directa al cajón de sastre junto con otras historias contadas, a no ser que una foto, una determinada foto ‘de fe’ de lo ocurrido y cual notario ponga el sello de ‘esta es la prueba de que lo que te contaron fue cierto’, una imagen grabada a fuego en la mente y la retina del que la ve.
Las fotografías tienen magia y son tramposas, saben nuestras fortalezas y nuestras debilidades, nuestros talones de Aquiles al fin y al cabo.
Una fotografía mal encuadrada en la que se observa una chica al final de un camino de barro saltando bajo la lluvia, alguien podría ver exactamente la imagen borrosa pensando: madre mía, con la que está cayendo y se para para hacerse una foto con el frío y el barro llegándole a la cintura, qué despropósito. Y sin embargo la protagonista la ve y después de notar la piel de gallina bajo su jersey recuerda la aventura que fue explorar aquella zona de Brasil, de ver, sentir y oler cada pedazo de naturaleza que dejaba atrás con su quad y lo duro que fue sacarlo del barrizal. Experiencias, expectativas y suposiciones de momentos que quedarán grabados para siempre.
No es necesario ser un gran fotógrafo, sólo coger la cámara y plasmar en la película un pedazo de vida que cuando te falten las palabras o el aliento, lo acabe contando la propia imagen. Y  es que una imagen vale más que mil palabras.
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